Publicado en Diario Gestión el 26/08/2026
Una desvinculación no termina cuando se comunica la decisión: también pone a prueba los valores de una organización y la capacidad de sus líderes para actuar con humanidad y firmeza.
Después de más de 30 años hablando de cómo despedir bien, todavía me cuesta entender que sigamos haciéndolo tan mal.
Continuamente las redes nos muestran historias de terror: personas que descubren que fueron despedidas porque su acceso al sistema dejó de funcionar; reuniones virtuales de pocos minutos; jefes leyendo un guion sin mirar a los ojos; personas acompañadas a recoger sus cosas como si hubieran cometido una falta grave.
Despedir nunca será fácil. Pero que sea difícil no justifica hacerlo mal. Una desvinculación no es solo un acto administrativo o legal. Estamos interviniendo en la vida de una persona, en su autoestima, su seguridad y muchas veces, también en la de su familia. Por eso, el primer principio debería ser simple: podemos terminar una relación laboral, pero no tenemos derecho a disminuir a la persona que se va.
Y un buen despido empieza mucho antes del día de la salida. Si alguien descubre recién entonces que su desempeño llevaba meses sin cumplir las expectativas, falló el liderazgo. El feedback oportuno, las conversaciones difíciles, las expectativas claras y las oportunidades reales de mejorar deben darse antes.
Cuando toca comunicar la decisión, hay errores que debemos evitar:
Y, sobre todo, no jerarquicemos el dolor. Un joven puede vivir su primer despido con enorme angustia y sentir cuestionado su valor profesional. Un gerente o alto ejecutivo puede sufrirlo tanto o más: además del trabajo, puede sentir que pierde identidad, estatus o reputación. Y quien ocupa un puesto menos visible merece exactamente el mismo respeto y cuidado.
Es un grave error concentrar la atención en los casos considerados “de riesgo”, en quienes podrían reclamar o generar problemas, y descuidar a los demás. La dignidad no depende del cargo, la edad, el sueldo ni del riesgo que represente alguien para la empresa.
He trabajado durante décadas con muchas de las empresas más exitosas y respetadas del país y sé cuánto se preocupan las mejores por tener políticas claras de offboarding. Entienden que la experiencia del colaborador termina recién cuando cruza la puerta por última vez. Preparan a sus líderes, cuidan la comunicación, reconocen los aportes y, cuando pueden, ofrecen referencias y apoyo profesional para ayudar a quien sale a reinsertarse laboralmente.
Y no lo hacen solamente por quien se va. Cada despido tiene dos audiencias: quien sale y quienes se quedan. Los compañeros observan atentamente cómo tratamos a quien hasta ayer trabajaba a su lado. Saben que, cuando les toque, probablemente serán tratados igual. Podemos hablar durante años de valores y cultura y destruir nuestra credibilidad en diez minutos con una salida mal manejada.
Las empresas necesitan tomar decisiones difíciles. Reestructuran, cambian estrategias, eliminan posiciones y requieren perfiles diferentes. Es parte de la vida empresarial. Pero la forma sí depende de nosotros.
Despedir es una de las responsabilidades más duras de un líder y, precisamente por eso, una de las que mejor revela su carácter. Liderar también es dar una mala noticia, asumirla, mirar a la persona a los ojos y tratarla con respeto hasta el último minuto.
Porque el final de una historia importa tanto como el principio.